Los reyes… en la baraja

Por Gabriel Alcolea

Alguien dijo en el pasado siglo que, con el tiempo y por lógica aplicación del sentido común, los únicos reyes que quedarían sólo tendrían cabida en la baraja de naipes.

No estaba muy desencaminado puesto que, desde entonces, muchas de estas caducas y trasnochadas instituciones han desaparecido del mundo moderno. Pero, sin embargo, otras nuevas, han conseguido a través de diversas pantomimas y artilugios políticos que sus corroídas y oxidadas puertas se abran ante los atónitos ojos de los nuevos vasallos.

Uno de estos flagrantes e inolvidables –la historia pondrá en su sitio a cada cual- hitos “democráticos” es el vergonzoso e ignominioso caso de España.

La herencia franquista –julio de 1969- pretende perpetuar en una familia, en una casta, la máxima autoridad legal, ética y moral que debe tener un país que mínimamente quiera considerarse democrático: su Jefatura de Estado. Salvo los cortos años de los dos períodos republicanos, los españoles no han dejado de ser vasallos de una determinada rama familiar o bien, siervos y esclavos de un dictador sanguinario. Nunca, excepto el tiempo que España fue republicana, los españoles pudieron considerarse ciudadanos y, mucho menos, libres para elegir su destino como sería lo lógico y lo que las reglas de la racionalidad dictan en pleno siglo XXI.

Salvo cuatro reyezuelos tribales africanos y tres sultanes árabes nadando en petróleo, las históricas monarquías europeas caben en los dedos de las manos y, en muchos casos, habrían desaparecido de la faz dela Tierra, sin el jugoso juego que de ellos obtienen los políticos y los especuladores capitalistas al uso. A cambio, el rédito que estas anacrónicas raleas obtienen de sus benefactores es palpable y elocuente. Casos tenemos a miles. Ahí están los amasijos patrimoniales que estas estirpes ostentan. Cerca tenemos el caso del Borbón, quien llegó a España cual inmigrante (como su mujer), con una mano delante y la otra detrás y, ahora, anda craso en haciendas millonarias y en depósitos bancarios. ¿Esto a que se debe? ¿Al ahorro y austeridad de la asignación que recibe de los presupuestos generales del Estado; de nuestros impuestos? Y todo ello, ¿a cambio de qué? ¿En qué contribuye a las mejoras generales y a aplicar la justicia y los derechos que merecen los ciudadanos españoles? ¿A firmar las leyes que le ponen encima de la mesa los políticos que, como él, están comprados por el incoloro dinero capitalista? En estas inventadas crisis globales, para escarnio de los trabajadores y humillación de las personas menos favorecidas, ¿para qué nos sirven estos elementos ornamentales? ¿Sirven para paliar las crisis o, por el contrario, ayudan a agrandarlas?

En estos momentos tan críticos y tan injustos con las gentes trabajadoras en general, pero, sobre todo, con los más humildes y necesitados, donde millones de hogares están empezando a pasar privacidades, carencias, y millones de españoles están en la más burda precariedad, ¿cómo pueden mantenerse estos fastos, esta vulgaridad, esta pantomima, este gasto superfluo, este dispendio? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cuándo nos han pedido permiso? ¿Con qué derecho se lo toman? ¡Ahhh, ya!, claro… en 1978. ¡Acabáramos! Bien se sabe que la historia se repite siempre. La próxima vez –que la habrá, y bien pronto- tendremos mejor memoria y pondremos a los reyes en el sitio que les corresponde: la baraja.

De ahí no deben salir.

Gabriel Alcolea es miembro de la candidatura de Republicanos por Alicante.

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