El lago de los cisnes

Por Gabriel Alcolea

Para los desconocedores de esta obra dancística y musical (Tchaikowsky), quizás la más famosa de todos los ballets clásicos existentes, habrán de saber que trata la historia de un reino que tenía un joven príncipe llamado Siegfred (Zapatero), que, aunque con iniciales buenos propósitos, pronto se dio a la vida fácil y libertina. El príncipe tenía  por madre y tutora a la reina, persona pusilánime e irresoluta (Rajoy), que veía con malos ojos la facilidad con que el príncipe dejaba de obtener pingües beneficios por la indebida explotación de los vasallos y, por ello, le quiere manejar y casarlo con una tonta doncella que haya en el reino, a fin de ella poder seguir en la sombra manipulando el poder. 

Tal es el acoso de la reina madre que el príncipe, majareta  perdido por tanta persecución y obstruccionismo, termina por enamorarse de un ingenuo y precioso cisne blanco, Odette  (bienestar social), pero que, en el fondo, estaba asesorado y guiado por un hechicero llamado Rothbart (los mercados).

A través de terribles odiseas y a fuerza de convencer a los cisnes amigos de su enamorada, el príncipe y el cisne blanco consiguen vencer todas las dificultades y llevar a un estado de casi complacencia a toda la comunidad de cisnes blancos. Así pasan años y años de bonanza y placentera vida, hasta que al malvado hechicero se le hinchan las narices y se pone manos a la obra de crear otro cisne, esta vez de color negro, Odile (la crisis). Malvado y perverso como su creador el hechicero, Odile se planta en palacio (La Moncloa… No llegó hasta La Zarzuela, porque hasta ahí no llegan nunca las crisis…) para hacerle la vida imposible al príncipe y, al mismo tiempo, intentar acabar con la vida de Odette, el cisne blanco .

La reina madre, sin ninguna experiencia de este cochino mundo, y sin saber decir siquiera esta boca es mía, aunque trata de alertar a su hijo el príncipe de los peligros que este nuevo cisne negro le va a acarrear, es incapaz de prestarle una mínima ayuda y además, por otro lado, se alegra de la inoperancia de Siegfred y su atontamiento, para ver si así su hijo aprende la lección y le deja disfrutar por más tiempo del trono.

De esta manera, Odile y su creador, Rothbart, terminan por embaucar y convencer al príncipe de que rompa su compromiso con Odette (el bienestar social), despreciándola y olvidándose de ella. Odile (la crisis) y Rothbart (los mercados) acaban apoderándose de todo el reino, envolviendo a todos los cisnes (los ciudadanos) en un manto de tinieblas, despropósitos, corrupción, manipulación y obscurantismo. Hasta aquí el tercer acto de este ballet (Marius Petipa).

El final de este cuento (Teófilo Gautier) suele tener diversos epílogos, según sus coreografías. En alguna versión rusa, el príncipe, en tremenda lucha contra el hechicero, muere. En otras versiones más occidentales y de gustos más rosados y progresistas, el príncipe logra derrotar finalmente a Rothbart, permitiendo romper el hechizo a que le tenía sometido Odile (la crisis), y retomando de nuevo con Odette, el cisne blanco (bienestar social), un camino de felicidad hasta que… de nuevo el hechicero se enfurezca otra vez o se invente algún nuevo cisne negro en forma de nueva crisis, pandemia, guerra, o vaya usted a saber qué…

Aunque en España no logremos tener un gran lago surcado por hermosos cisnes blancos, sino una hortera y nacional charca de patos, ¿con qué final se quedarían ustedes?

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